Alejandro Torres Rivera

Informes provenientes de Israel que fueran circulados la pasada semana, señalan que el Primer Ministro de este país, Benjamín Netanyahu, y su Ministro de las Fuerzas Armadas estarían procurando la autorización del parlamento israelí para una operación militar preventiva de Israel contra la República Islámica de Irán. El objetivo, según se indica, sería destruir las instalaciones de ese país vinculadas con su programa nuclear y dedicadas a enriquecer uranio. De acuerdo con Israel y sus socios occidentales, el actual programa nuclear iraní no es otra cosa que la antesala a un programa más abarcador cuyo propósito es el desarrollo de la capacidad militar nuclear en este país de Asia Central.
Desde el punto de vista de Israel, Irán ha desarrollado sistemas balísticos de largo alcance cuyas ojivas convencionales podrían golpear el territorio israelí. Tales misiles y sus ojivas podrían, en la eventualidad de que Irán desarrolle armas nucleares, transportar las mismas representando una amenaza nuclear contra el Estado judío. Toda esta línea de argumentación contra Irán, sin embargo, se produce en un contexto en el cual desde hace décadas, Israel ha sido señalado como país que posee armas nucleares con las cuales estaría dispuesto a enfrentar cualquier situación de peligro que represente un ataque contra su territorio por parte de un Estado extranjero.
Durante la existencia del régimen de Apartheid en Suráfrica, Israel fue uno de los Estados solidarios con dicho régimen racista. Puso a su disposición armamento nuclear dirigido a preservar su existencia, armamento este que Suráfrica llegó a considerar dentro de la intervención de este país contra Angola y el territorio que hoy ocupa Namibia.
Concluida la campaña militar de la Unión Europea y Estados Unidos contra Libia bajo la OTAN, ambas potencias económicas y políticas comienzan a enfilar sus colmillos contra otros estados musulmanes. Los principales objetivos a corto plazo son Siria e Irán. En el primero de estos países, desde hace meses se ha venido estructurando un proceso de desestabilización interna que hoy ha conllevado miles de muertos en enfrentamientos entre civiles armados y fuerzas de seguridad. Dentro del proceso dirigido al derrocamiento del gobierno legítimo del presidente Assad, la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN han contribuido a la organización de un gobierno provisional en el exilio, localizado en Turquía; a la creación de un ejército compuesto básicamente por varios miles de desertores de las fuerzas armadas sirias, ubicados en la frontera norte del lado de Turquía; el aislamiento diplomático y económico mediante sanciones impuestas por estos países y más recientemente por la Liga Árabe; y la subvención de grupos de oposición al interior del país.
Otro de los objetivos inmediatos de Estados Unidos, la Unión Europea e Israel en la región lo constituye la República Islámica de Irán. Contra este país durante los pasados años se han venido ensayando las mismas medidas que hemos descrito en el caso de Siria, aunque con menor éxito. La razón es sencilla. Irán es un país con mayores capacidades militares, mayor población, territorio mucho más extenso, recursos naturales importantes, y finalmente, mayor organización política y cohesión ideológica que Siria.
Si bien cualquier intención de llevar a cabo una agresión contra este país supone enfrentar un enemigo diferente, con una mayor capacidad de respuesta que la que puede tener en estos momentos Siria, lo cierto es que la estrategia seguida hoy contra Siria está directamente vinculada con la eventual estrategia de Estados Unidos, la Unión Europea e Israel contra Irán.
Dentro de la incertidumbre que provoca una acción militar de Israel contra la República Islámica de Irán, hace apenas una semana, como consecuencia de una gran explosión masiva en un depósito de municiones localizado en Teherán, capital de Irán, fue destruida una instalación militar que albergaba el arsenal de misiles Shahab. Este tipo de armamento, fabricados por Irán, cuenta con un alcance que permitiría un ataque contra Israel. De acuerdo con informaciones suministradas por el gobierno iraní, la explosión se produjo mientras personal militar transportaba municiones. Sin embargo, informes procedentes de Occidente, indican que fue el resultado de un operativo de sabotaje llevado a cabo por la Mossad, agencia de inteligencia de Israel. En este atentado falleció un alto oficial de las fuerzas armadas iraníes, el General Hasan Moghaddam, figura clave en el desarrollo del programa de misiles iraníes.
La explosión tiene lugar en momentos en que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) divulgara un Informe en el cual plantea nuevas preocupaciones en torno a las “posibles dimensiones militares” del programa militar iraní. Simultáneamente con la publicación del Informe, cual si fuera un coro previamente ensayado, tanto el Presidente Obama como voceros del Reino Unido expresaron que no descartarían una operación militar directa contra Irán.
Mientras al presidente de Estados Unidos le han salido al paso algunos precandidatos electorales, acusándole de blandenguería con Irán y de haber abandonado a Israel, Obama ha respondido indicando que Estados Unidos no descarta ninguna opción.
Ciertamente, la presencia de armas nucleares por diferentes Estados representa un peligro para la sobrevivencia misma de la Humanidad. Sin embargo, a la hora de determinar el derecho de cada país a tenerlas, la alternativa no puede ser el privilegio de unos países sobre otros.
Fidel Castro, en una de sus recientes Reflexiones, nos dice que grandes pensadores en el mundo hoy concluyen que el estallido de 100 armas nucleares estratégicas sería suficiente para “poner fin a la existencia humana en el planeta.” Continúa diciendo que el número oficial de países con armas nucleares en el mundo son ocho, de los cuales cinco forman parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a saber: Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia. Los otros dos, Paquistán e India, reconocen poseer las mismas y en efecto han realizado pruebas de éstas.
En el caso de Israel, que nunca ha reconocido oficialmente poseer dicho tipo armamento, se calcula que tiene entre 200 a 500 armas de esta clase.
Fidel documenta, además, distintas acciones militares realizadas por Israel en el pasado, dirigidas contra instalaciones de algunos países de la región que desarrollaban con fines civiles la tecnología nuclear, como fueron los casos del reactor nuclear iraquí en Osirak en 1981, o del reactor sirio Dayr az-Zawr en 2007. Por eso indica, no tendría nada extraño que en estos momentos Israel se proponga llevar a cabo el mismo proceder del pasado contra Irán.
La pregunta es, más allá de los riesgos que pueda representar para la Humanidad la carrera armamentista nuclear, ¿en qué descansa el derecho de unos países a poseer este tipo de armamento y imposición o la falta de derecho en otros a así desarrollarlas?
Hasta el presente, en medio de los nuevos tambores de guerra de Occidente e Israel contra la República Islámica de Irán, países como la Federación Rusa han manifestado su disposición a hacer lo que esté a su alcance para evitar el uso de una opción militar contra Irán. Tal acción, por cierto, no dejaría de ser una clara provocación para Rusia dentro del marco de sus relaciones económicas, políticas y geográficas con Irán.
Irán posee una alta capacidad militar. Incluye no solo fuerzas de tierra y aire, sino también fuerzas navales. Su disciplina y disposición a la defensa del país quedó demostrada cuando todavía Irán no poseía la capacidad militar que hoy tiene, como quedó evidenciada en la guerra apoyada y estimulada por Estados Unidos por parte de Iraq en la década de 1980.
El inicio de una agresión de Israel, de Estados Unidos y de la Unión Europea contra Irán tiene el potencial real de desatar una guerra de consecuencias impredecibles en la región de Asia Central. Una guerra así, ciertamente impactaría las poblaciones de toda Europa, la región de Asia Central y Medio Oriente. Sus olas expansivas ciertamente llegarían a nuestro Hemisferio. Las consecuencias materiales y en vidas humanas que un conflicto de esta naturaleza acarrearía no lo merece el género humano.
Es hoy un momento oportuno de oponernos a una nueva escalada en la guerra imperialista por el control de las riquezas de los países del Medio Oriente y Asia Central. Todo cuando hagamos hoy contribuirá a evitar un nuevo conflicto armado en el cual, tarde o temprano, nuestra juventud será arrastrada al mismo.

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